Despertar es una actividad inconciente que a muchos nos aborrece, tal vez porque somos concientes que al abrir los ojos perderemos para siempre ese sueño maravilloso, esa condensación de casualidades que somos capaces de ordenar a nuestro antojo, solamente mientras afincamos nuestro trono en el reino de las ilusiones. Despertar en otro tiempo puede ser una señal de que algo anda mal, o quizá bien. Tal vez una señal de que hemos caído en Gandía  (Allí se pueden conseguir hoteles baratos), una ciudad que   mimetiza los tiempos y las distancias, que como los espejos de Borges, son capaces de conectar realidades, cada una más hermosa que la siguiente, cada cual más intensa que cualquier ciudad de España.

Abrir los ojos. Cerrarlos luego para internarse en una ciudad olvidada por el implorable tiempo, así es Gandía, un recinto de playas contrastadas por un puñado de montañas.  Una ciudad que se construye en su historia, una que no ah dejado en el baúl de los recuerdos de su arquitectura nobel del siglo XV, una en la que no había más mundo que el de duques y reyes.

Gandía tiene una playas hermosas, calibradas por un sol radiante de 29 grados, uno que insinúa de inmediato la idea de desvestirse y correr desenfadado para hacerse uno con la brisa natural de las olas, para terminar sumergiéndose en eses mar tibio y holgado, ya sea con un tímido chapuzón o buceando. Los deportes de aventura sobre su superficie también son un escándalo para las vidas aburridas de oficina y que aquí, se evaporan con los primeros rayos para dar paso al jolgorio y la dicha de un mundo sin límites.

Pocos lugares ofrecen la posibilidad de pasear por las montañas y luego recibir el descanso del sol al pie de las olas, pocos lugares integran como admirable naturalidad el desborde de la modernidad y el apacible letargo de las tradiciones. Como si algún agente de viajes hubiese encargado su capital entero en crear un destino perfecto. Como esas prendas que sólo se cosen una sola vez con las mejores telas, echando fuerzas de las manos, capaces de juntar en un mismo tramo lo mejor de las playas, lo más delicioso de las montañas, la belleza inaudita de lo pasado y los más grandes beneficios de aquello nombrado como modernidad. Y es que no existe nada mejor que lo hecho por las manos, por las mismas que en algún momento fueron resignadas a los escritorios y que en Gandía, se liberan a la inmensidad de los sueños.

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